Dialogos III
Dialogos III —Bien, me parece que es necesario, ya que Pausanias no concluyó adecuadamente la argumentación que habÃa iniciado tan bien, que yo deba intentar llevarla a término. Que Eros es doble, me parece, en 186aefecto, que lo ha distinguido muy bien. Pero que no sólo existe en las almas de los hombres como impulso hacia los bellos, sino también en los demás objetos como inclinación hacia otras muchas cosas, tanto en los cuerpos de todos los seres vivos como en lo que nace sobre la tierra, y, por decirlo asÃ, en todo lo que tiene existencia, me parece que lo tengo bien visto por la medicina, nuestro arte, en el sentido de que bes un dios grande y admirable y a todo extiende su influencia, tanto en las cosas humanas como en las divinas[58]. Y comenzaré a hablar partiendo de la medicina, para honrar asà a mi arte. La naturaleza de los cuerpos posee, en efecto, este doble Eros. Pues el estado sano del cuerpo y el estado enfermo son cada uno, según opinión unánime, diferente y desigual, y lo que es desigual desea y ama cosas desiguales. En consecuencia, uno es el amor que reside en lo que está sano y otro el que reside en lo que está enfermo. Ahora bien, al igual que hace poco decÃa Pausanias que era hermoso complacer a los hombres buenos, cy vergonzoso a los inmorales, asà también es hermoso y necesario favorecer en los cuerpos mismos a los elementos buenos y sanos de cada cuerpo, y éste es el objeto de lo que llamamos medicina, mientras que, por el contrario, es vergonzoso secundar los elementos malos y enfermos, y no hay que ser indulgente en esto, si se pretende ser un verdadero profesional. Pues la medicina es, para decirlo en una palabra, el conocimiento de las operaciones amorosas que hay en el cuerpo en cuanto a repleción y vacuidad[59] y el que distinga en ellas el amor dbello y el vergonzoso será el médico más experto. Y el que logre que se opere un cambio, de suerte que el paciente adquiera en lugar de un amor el otro y, en aquellos en los que no hay amor, pero es preciso que lo haya, sepa infundirlo y eliminar el otro cuando está dentro, será también un buen profesional. Debe, pues, ser capaz de hacer amigos entre sà a los elementos más enemigos existentes en el cuerpo y de que se amen unos a otros. Y son los elementos más enemigos los más contrarios: lo frÃo de lo caliente, lo amargo de lo dulce, lo seco de lo húmedo y todas las cosas análogas[60]. Sabiendo infundir amor y concordia een ellas, nuestro antepasado Asclepio, como dicen los poetas, aquà presentes[61], y yo lo creo, fundó nuestro arte. La medicina, pues, como digo, está gobernada toda ella por este dios y, asimismo, también la gimnástica y la agricultura. Y que la música se encuentra en la misma situación que éstas, resulta evidente para todo el que ponga sólo un 187apoco de atención, como posiblemente también quiere decir Heráclito, pues en sus palabras, al menos, no lo expresa bien. Dice, en efecto, que lo uno «siendo discordante en sà concuerda consigo mismo», «como la armonÃa del arco y de la lira[62]». Mas es un gran absurdo decir que la armonÃa es discordante o que resulta de lo que todavÃa es discordante. Pero, quizá, lo que querÃa decir era que resulta de lo que anteriormente ha sido discordante, de lo agudo y de lo grave, que luego han concordado gracias al arte musical, puesto que, naturalmente, no podrÃa bhaber armonÃa de lo agudo y de lo grave cuando todavÃa son discordantes. La armonÃa, ciertamente, es una consonancia, y la consonancia es un acuerdo; pero un acuerdo a partir de cosas discordantes es imposible que exista mientras sean discordantes y, a su vez, lo que es discordante y no concuerda es imposible que armonice. Justamente como resulta también el ritmo de lo rápido y de lo lento, de cosas que en un principio han sido discordantes y después han concordado. Y el acuerdo en todos estos elementos lo pone aquà la música, de la misma cmanera que antes lo ponÃa la medicina. Y la música es, a su vez, un conocimiento de las operaciones amorosas en relación con la armonÃa y el ritmo. Y si bien es cierto que en la constitución misma de la armonÃa y el ritmo no es nada difÃcil distinguir estas operaciones amorosas, ni el doble amor existe aquà por ninguna parte, sin embargo, cuando sea preciso, en relación con los hombres, usar el ritmo y la armonÃa, ya sea componiéndolos, lo que llaman precisamente composición melódica dya sea utilizando correctamente melodÃas y metros ya compuestos, lo que se llama justamente educación[63], entonces sà que es difÃcil y se precisa de un buen profesional. Una vez más, aparece, pues, la misma argumentación: que a los hombres ordenados y a los que aún no lo son, para que lleguen a serlo, hay que complacerles y preservar su amor. Y éste es el Eros hermoso, el celeste, el de la Musa Urania. En ecambio, el de Polimnia es el vulgar[64], que debe aplicarse cautelosamente a quienes uno lo aplique, para cosechar el placer que tiene y no provoque ningún exceso, de la misma manera que en nuestra profesión es de mucha importancia hacer buen empleo de los apetitos relativos al arte culinario, de suerte que se disfrute del placer sin enfermedad. AsÃ, pues, no sólo en la música, sino también en la medicina y en todas las demás materias, tanto humanas como divinas, hay que vigilar, en la medida en que sea factible, a uno y otro Eros, ya que los dos 188ase encuentran en ellas. Pues hasta la composición de las estaciones del año está llena de estos dos, y cada vez que en sus relaciones mutuas los elementos que yo mencionaba hace un instante, a saber, lo caliente y lo frÃo, lo seco y lo húmedo, obtengan en suerte el Eros ordenado y reciban armonÃa y razonable mezcla, llegan cargados de prosperidad y salud para los hombres y demás animales y plantas, y no hacen ningún daño. Pero cuando en las estaciones del año prevalece el Eros desmesurado, destruye muchas cosas y causa un gran daño. Las plagas, ben efecto, suelen originarse de tales situaciones y, asimismo, otras muchas y variadas enfermedades entre los animales y las plantas. Pues las escarchas, los granizos y el tizón resultan de la mutua preponderancia y desorden de tales operaciones amorosas, cuyo conocimiento en relación con el movimiento de los astros y el cambio de las estaciones del año se llama astronomÃa[65]. Más aún: también todos los sacrificios y actos que regula la adivinación, esto es, la comunicación entre sà de los dioses y los hombres, no tienen ninguna otra finalidad que la cvigilancia y curación de Eros. Toda impiedad, efectivamente, suele originarse cuando alguien no complace al Eros ordenado y no le honra ni le venera en toda acción, sino al otro, tanto en relación con los padres, vivos o muertos, como en relación con los dioses. Está encomendado, precisamente, a la adivinación vigilar y sanar a los que tienen estos deseos, con lo que la adivinación es, a su vez, un artÃfice de la amistad entre los dioses y los hombres gracias a su conocimiento de dlas operaciones amorosas entre los hombres que conciernen a la ley divina y a la piedad.