Dialogos III
Dialogos III —¿Quiénes son ésos? —dije yo.
—Uno eres tú —dijo— y otra yo.
—¿Cómo explicas eso? —le repliqué yo.
—Fácilmente —dijo ella—. Dime, ¿no afirmas que todos los dioses son felices y bellos? ¿O te atreverÃas a afirmar que algunos de entre los dioses no es bello y feliz?
—¡Por Zeus!, yo no —dije.
—¿Y no llamas felices, precisamente, a los que poseen las cosas buenas y bellas?
—Efectivamente.
»Pero en relación con Eros —al menos— has reconocido que, por dcarecer de cosas buenas y bellas, desea precisamente eso mismo de que está falto.
—Lo he reconocido, en efecto.
—Entonces, ¿cómo podrÃa ser dios el que no participa de lo bello y de lo bueno?
—De ninguna manera, según parece.
—¿Ves, pues —dijo ella—, que tampoco tú consideras dios a Eros?
—¿Qué puede ser, entonces, Eros? —dije yo—. ¿Un mortal?
—En absoluto.
—¿Pues qué entonces?
—Como en los ejemplos anteriores —dijo—, algo intermedio entre lo mortal y lo inmortal.
—¿Y qué es ello, Diotima?