Dialogos III
Dialogos III —¿Cómo lo hacemos, AlcibÃades? ¿AsÃ, sin decir ni cantar nada bante la copa, sino que vamos a beber simplemente como los sedientos?
—ErixÃmaco —dijo AlcibÃades—, excelente hijo del mejor y más prudente padre, salud.
—También para ti —dijo ErixÃmaco—, pero ¿qué vamos a hacer?
—Lo que tú ordenes, pues hay que obedecerte:
porque un médico equivale a muchos otros hombres[121].
Manda, pues, lo que quieras.
—Escucha, entonces —dijo ErixÃmaco—. Antes de que tú entraras habÃamos decidido que cada uno debÃa pronunciar por turno, de izquierda a derecha, un discurso sobre Eros lo más bello que pudiera cy hacer su encomio. Todos los demás hemos hablado ya. Pero puesto que tú no has hablado y ya has bebido, es justo que hables y, una vez que hayas hablado, ordenes a Sócrates lo que quieras, y éste al de la derecha y asà los demás.
—Dices bien, ErixÃmaco —dijo AlcibÃades—, pero comparar el discurso de un hombre bebido con los discursos de hombres serenos no serÃa equitativo. Además, bienaventurado amigo, ¿te convence Sócrates en algo de lo que acaba de decir? ¿No sabes que es todo lo contrario dde lo que decÃa? Efectivamente, si yo elogio en su presencia a algún otro, dios u hombre, que no sea él, no apartará de mà sus manos.