Dialogos III
Dialogos III c»Pues bien, señores, cuando se hubo apagado la lámpara y los esclavos estaban fuera, me pareció que no debÃa andarme por las ramas ante él, sino decirle libremente lo que pensaba. Entonces le sacudà y le dije:
—Sócrates, ¿estás durmiendo?
—En absoluto —dijo él.
—¿Sabes lo que he decidido?
—¿Qué exactamente? —dijo.
—Creo —dije yo— que tú eres el único digno de convertirse en mi amante y me parece que vacilas en mencionármelo. Yo, en cambio, pienso lo siguiente: considero que es insensato no complacerte en esto como en cualquier otra cosa que necesites de mi patrimonio o de mis damigos. Para mÃ, en efecto, nada es más importante que el que yo llegue a ser lo mejor posible y creo que en esto ninguno puede serme colaborador más eficaz que tú. En consecuencia, yo me avergonzarÃa mucho más ante los sensatos por no complacer a un hombre tal, que ante la multitud de insensatos por haberlo hecho.
»Cuando Sócrates oyó esto, muy irónicamente, según su estilo tan caracterÃstico y usual, dijo: