Dialogos III
Dialogos III —Querido AlcibÃades, parece que realmente no eres un tonto, si efectivamente es verdad lo que dices de mà y hay en mà un poder por el ecual tú podrÃas llegar a ser mejor. En tal caso, debes de estar viendo en mÃ, supongo, una belleza irresistible y muy diferente a tu buen aspecto fÃsico. Ahora bien, si intentas, al verla, compartirla conmigo y cambiar belleza por belleza, no en poco piensas aventajarme, pues pretendes adquirir lo que es verdaderamente bello a cambio de lo que lo es sólo en apariencia, y de hecho te propones intercambiar «oro por bronce[135]». Pero, mi feliz amigo, examÃnalo mejor, no sea que te pase desapercibido que no soy nada. La vista del entendimiento, ten por cierto, empieza 219aa ver agudamente cuando la de los ojos comienza[136] a perder su fuerza, y tú todavÃa estás lejos de eso.
»Y yo, al oÃrle, dije:
—En lo que a mà se refiere, ésos son mis sentimientos y no se ha dicho nada de distinta manera a como pienso. Siendo ello asÃ, delibera tú mismo lo que consideres mejor para ti y para mÃ.
—En esto, ciertamente, tienes razón —dijo—. En el futuro, pues, deliberaremos y haremos lo que a los dos nos parezca lo mejor en éstas by en las otras cosas.