Dialogos III
Dialogos III »Después de oÃr y decir esto y tras haber disparado, por asà decir, mis dardos, yo pensé, en efecto, que lo habÃa herido. Me levanté, pues, sin dejarle decir ya nada, lo envolvà con mi manto —pues era invierno—, me eché debajo del viejo capote de ese viejo hombre, aquà presente, y ciñendo con mis brazos a este ser verdaderamente divino y maravilloso estuve asà tendido toda la noche. En esto tampoco, Sócrates, dirás cque miento. Pero, a pesar de hacer yo todo eso, él salió completamente victorioso, me despreció, se burló de mi belleza y me afrentó; y eso que en este tema, al menos, creÃa yo que era algo, ¡oh jueces! —pues jueces sois de la arrogancia de Sócrates—. AsÃ, pues, sabed bien, por los dioses y por las diosas, que me levanté después de haber dormido con Sócrates dno de otra manera que si me hubiera acostado con mi padre o mi hermano mayor.