Dialogos III
Dialogos III —Me parece, AlcibÃades —dijo entonces Sócrates—, que estás sereno, pues de otro modo no hubieras intentado jamás, disfrazando tus intenciones tan ingeniosamente, ocultar la razón por la que has dicho todo eso y lo has colocado ostensiblemente como una consideración accesoria al final de tu discurso, como si no hubieras dicho todo para enemistarnos a mà y a Agatón, al pensar que yo debo amarte a ti y a dningún otro, y Agatón ser amado por ti y por nadie más. Pero no me ha pasado desapercibido, sino que ese drama tuyo satÃrico y silénico está perfectamente claro. AsÃ, pues, querido Agatón, que no gane nada con él y arréglatelas para que nadie nos enemiste a mà y a ti.
—En efecto, Sócrates —dijo Agatón—, puede que tengas razón. Y sospecho también que se sentó en medio de ti y de mà para mantenernos aparte. Pero no conseguirá nada, pues yo voy a sentarme junto a ti.e
—Muy bien —dijo Sócrates—, siéntate aquÃ, junto a mÃ.
—¡Oh Zeus! —exclamó AlcibÃades—, ¡cómo soy tratado una vez más por este hombre! Cree que tiene que ser superior a mà en todo. Pero, si no otra cosa, admirable hombre, permite, al menos, que Agatón se eche en medio de nosotros.