Dialogos III
Dialogos III La mnéme, la memoria, levanta su reconocimiento a ese cielo que el mito platónico del alma viajera describe. En ese momento, la memoria no fluye de la letra a la mente para pararse en ella, sino que el proceso de la «automemoria» encuentra su contraste y su fuerza en esa transparencia del mundo ideal, que una versión moderna traduciría en «creatividad». Esa creatividad es ya saber. Porque sólo quien conoce puede realmente recordar.
La historia «egipcia» a la que Fedro se refiere, al comentar el mito que Sócrates le cuenta, expresa, como otras muchas referencias que en el diálogo se hacen, «esa oposición entre la escritura alfabética como representación del habla viva, y la escritura hieroglífica como imitación de la apariencia visual de aquello a lo que se refiere[9]». Por eso, las letras parece como si pensaran, pero si se les pregunta se callan solemnemente (275d). Sin embargo, Platón, consciente de la inevitabilidad de la escritura, deja ver, en el comentario al mito, el aspecto positivo de este «fármaco» de la memoria.