Dialogos III
Dialogos III SÓC. —Si no me lo creyera, como hacen los sabios, no serÃa nada extraño. DirÃa, en ese caso, haciéndome el enterado, que un golpe del viento Bóreas la precipitó desde las rocas próximas, mientras jugaba con Farmacia[15] y que, habiendo muerto asÃ, fue raptada, según se dice, por el Bóreas. Hay otra leyenda que afirma que fue en el Areópago, y que fue allà y no aquà de donde la raptaron. Pero yo, Fedro, considero, dpor otro lado, que todas estas cosas tienen su gracia; sólo que parecen obra de un hombre ingenioso, esforzado y no de mucha suerte. Porque, mira que tener que andar enmendando la imagen de los centauros, y, además, la de las quimeras, y después le inunda una caterva de Gorgonas y Pegasos y todo ese montón de seres prodigiosos, aparte del disparate de no sé qué naturalezas teratológicas. Aquel, pues, que dudando ede ellas trata de hacerlas verosÃmiles, una por una, usando de una especie de elemental sabidurÃa, necesitarÃa mucho tiempo. A mÃ, la verdad, no me queda en absoluto para esto. Y la causa, oh querido, es que, hasta ahora, y siguiendo la inscripción de Delfos, no he podido conocerme a mà mismo[16]. Me parece ridÃculo, por tanto, que el que no se sabe todavÃa, se ponga a investigar lo que ni le va ni le viene. Por ello, dejando 230atodo eso en paz, y aceptando lo que se suele creer de ellas, no pienso, como ahora decÃa, ya más en esto, sino en mà mismo, por ver si me he vuelto una fiera más enrevesada y más hinchada que Tifón[17], o bien en una criatura suave y sencilla que, conforme a su naturaleza, participa de divino y lÃmpido destino. Por cierto, amigo, y entre tanto parloteo, ¿no era éste el árbol hacia el que nos encaminábamos?