Dialogos III
Dialogos III —Bien —dijo Cebes—, eso sà parece razonable. Sin embargo, lo que decÃas hace un momento, lo de que los filósofos fácilmente querrÃan morir, eso me parece absurdo, Sócrates, si es que está bien drazonado lo que decÃamos hace un momento: que la divinidad es quien se cuida de nosotros y nosotros somos posesiones de ésta. Porque el que no se irriten los más sensatos de dejar esa situación de servicio, en la que les dirigen quienes son los mejores dirigentes que existen, los dioses, no tiene explicación. Pues, sin duda, nadie cree que él se cuidará mejor por sà mismo, al quedarse en libertad. Sólo eun individuo necio se apresurarÃa a creer que debe escapar de su amo, y no reflexionarÃa que no conviene, por cierto, escapar del bien, sino permanecer en él lo más posible, y por ello escaparÃa irreflexivamente. Pero el que tenga inteligencia deseará siempre, sin duda, estar junto a lo que es mejor que él mismo. Asà que, Sócrates, con esto resulta que es lógico lo contrario de lo que hace poco decÃamos, que es natural que los sensatos se irriten al morir, y que los necios se alegren de ello.
Entonces, me pareció que Sócrates, al escucharlo, se regocijó con la objeción de Cebes, y, mirando hacia nosotros, dijo:
63a—De continuo, ciertamente, Cebes va a la rebusca de algunos argumentos y no está dispuesto por las buenas a dejarse convencer con lo que uno le diga.