Dialogos III
Dialogos III —Por lo tanto —dijo Sócrates—, si eso es verdad, compañero, hay una gran esperanza, para quien llega adonde yo me encamino, de que allà de manera suficiente, más que en ningún otro lugar adquirirá eso que nos ha procurado la mayor preocupación en la vida pasada. Asà que cel viaje que ahora me han ordenado hacer se presenta con una buena esperanza, como para cualquier otro hombre que considere que tiene preparada su inteligencia, como purificada.
—Muy bien —dijo Simmias.
—Pero ¿es que no viene a ser una purificación eso, lo que desde antiguo se dice en la sentencia «el separar al máximo el alma del cuerpo[28]» y el acostumbrarse ella a recogerse y concentrarse en sà misma fuera del cuerpo, y a habitar en lo posible, tanto en el tiempo presente dcomo en el futuro, sola en sà misma, liberada del cuerpo como de unas cadenas?
—Desde luego.
—Por tanto, ¿eso es lo que se llama muerte, la separación y liberación del alma del cuerpo?
—Completamente —dijo él.
—Y en liberarla, como decimos, se esfuerzan continuamente y ante todo los filósofos de verdad, y ese empeño es caracterÃstico de los filósofos, la liberación y la separación del alma del cuerpo. ¿O no?
—Parece que sÃ.