Dialogos III
Dialogos III —¿Es que, además, sabemos lo que es?
—Desde luego que sà —repuso él.
—¿De dónde, entonces, hemos obtenido ese conocimiento? ¿No, por descontado, de las cosas que ahora mismo mencionábamos, de haber visto maderos o piedras o algunos otros objetos iguales, o a partir de esas cosas lo hemos intuido, siendo diferente a ellas? ¿O no te parece que es algo diferente? ExamÃnalo con este enfoque. ¿Acaso piedras que son iguales y leños que son los mismos no le parecen algunas veces a uno iguales, y a otro no?
—En efecto, asà pasa.
c—¿Qué? ¿Las cosas iguales en sà mismas es posible que se te muestren como desiguales, o la igualdad aparecerá como desigualdad?
—Nunca jamás, Sócrates.
—Por lo tanto, no es lo mismo —dijo él— esas cosas iguales y lo igual en sÃ.
—De ningún modo a mà me lo parece, Sócrates.
—Con todo —dijo—, a partir de esas cosas, las iguales, que son diferentes de lo igual en sÃ, ¿has intuido y captado, sin embargo, el conocimiento de eso?
—AcertadÃsimamente lo dices —dijo.
—¿En consecuencia, tanto si es semejante a esas cosas como si es desemejante?
—En efecto.