Dialogos III
Dialogos III —No hay diferencia ninguna —dijo él—. Siempre que al ver un objeto, a partir de su contemplación intuyas otro, sea semejante o desemejante, es necesario —prosiguió— que eso sea un proceso de reminiscencia.d
—Asà es, desde luego.
—¿Y qué? —dijo él—. ¿Acaso experimentamos algo parecido con respecto a los maderos y a las cosas iguales de que hablábamos ahora? ¿Es que no parece que son iguales como lo que es igual por sÃ, o carecen de algo para ser de igual clase que lo igual en sÃ, o nada?
—Carecen, y de mucho, para ello —respondió.
—Por tanto, ¿reconocemos que, cuando uno al ver algo piensa: lo que ahora yo veo pretende ser como algún otro de los objetos reales, epero carece de algo y no consigue ser tal como aquél, sino que resulta inferior, necesariamente el que piensa esto tuvo que haber logrado ver antes aquello a lo que dice que esto se asemeja, y que le resulta inferior?
—Necesariamente.
—¿Qué, pues? ¿Hemos experimentado también nosotros algo asÃ, o no, con respecto a las cosas iguales y a lo igual en sÃ?
—Por completo.