Dialogos III
Dialogos III —Por tanto, existÃan, Simmias, las almas incluso anteriormente, antes de existir en forma humana, aparte de los cuerpos, y tenÃan entendimiento.
—A no ser que al mismo tiempo de nacer, Sócrates, adquiramos esos saberes, pues aún nos queda ese espacio de tiempo.
d—Puede ser, compañero. Pero ¿en qué otro tiempo los perdemos? Puesto que no nacemos conservándolos, según hace poco hemos reconocido. ¿O es que los perdemos en ese mismo en que los adquirimos? ¿Acaso puedes decirme algún otro tiempo?
—De ningún modo, Sócrates; es que no me di cuenta de que decÃa un sinsentido.
—Entonces, ¿queda nuestro asunto asÃ, Simmias? —dijo él—. Si existen las cosas de que siempre hablamos, lo bello y lo bueno y toda la erealidad[47] de esa clase, y a ella referimos todos los datos de nuestros sentidos, y hallamos que es una realidad nuestra subsistente de antes, y estas cosas las imaginamos de acuerdo con ella, es necesario que, asà como esas cosas existen, también exista nuestra alma antes de que nosotros estemos en vida. Pero si no existen, este razonamiento que hemos dicho serÃa en vano. ¿Acaso es asÃ, y hay una idéntica necesidad de que existan esas cosas y nuestras almas antes de que nosotros hayamos nacido, y si no existen las unas, tampoco las otras?