Dialogos III
Dialogos III —¡Bobadas, Simmias! Pues sà que me será difÃcil persuadir a las edemás personas de que no considero una desdicha el trance actual, cuando ni siquiera a vosotros puedo persuadiros, sino que receláis de que me encuentre ahora algo más malhumorado que en mi vida anterior. Además, según parece, os da la impresión de que en mi arte adivinatoria soy inferior a los cisnes, que en cuanto perciben que han de morir, aun cantando ya en su vida anterior, entonces entonan sus más 85aintensos y bellos cantos, de contentos que están a punto de marcharse hacia el dios del que son servidores. Mas los humanos, por su propio miedo ante la muerte, se engañan ahà a propósito de los cisnes, ya que dicen que éstos rompen a cantar en lamentos fúnebres de muerte por la pena, y no reflexionan que ninguna ave canta cuando siente hambre o frÃo o se duele de cualquier otro pesar, ni siquiera el ruiseñor o la golondrina o la abubilla, de los que se afirma que cantan lamentándose de pena[58]. Sin embargo, a mà no me parece que ellos canten al apenarse, ni tampoco los cisnes, sino que antes pienso que, como son de bApolo[59], son adivinos y, como conocen de antemano las venturas del Hades, cantan y se regocijan mucho más en ese dÃa que en todo el tiempo pasado. Conque también yo me tengo por compañero de esclavitud de los cisnes y consagrado al mismo dios, y en no peor manera que ellos poseo el don de la adivinación que procede de mi dueño, asà que tampoco estoy más desanimado que éstos al dejar la vida. Asà pues, a la vista de esto, hay que decir y preguntar cuanto queráis, mientras lo permitan los once magistrados de Atenas.