Dialogos III
Dialogos III —A mà en este respecto —dijo él—, en el de que también acerca de la armonÃa[61], de la lira y de sus cuerdas, podrÃa también sostener uno ese mismo argumento, que la armonÃa es invisible, incorpórea, y 86aalgo muy hermoso y divino que está en la lira bien ajustada, mientras que la misma lira y las cuerdas son cuerpos, y corporales, compuestos y terrestres, y congénitos a lo mortal. En tal caso, cuando uno rompa la lira, o corte o desgarre sus cuerdas, también alguien podrÃa aferrarse al mismo argumento que tú, el que es necesario que perdure aún la armonÃa esa y que no haya perecido. Porque, desde luego, no habrÃa medio de que la lira aún existiera después de rasgarse sus cuerdas, e incluso las cuerdas, que son de Ãndole mortal y no se destruirÃa la armonÃa, bque es de naturaleza afÃn y congénita a lo divino e inmortal, pereciendo antes que lo mortal. Sino que dirÃa que es necesario que la misma armonÃa existiera aún en algún lugar, y que primero se pudrirÃan las maderas y las cuerdas antes que a ella le pasara nada. Pues bien, Sócrates, supongo yo que tú has advertido que nosotros pensamos[62] que el alma es algo muy semejante a eso, como si nuestro cuerpo estuviera tensado y mantenido en cohesión por lo caliente y lo frÃo, lo seco y lo húmedo y por algunos otros factores de tal clase, y que nuestra alma es una combinación y una armonÃa de estos mismos factores cuando ellos se encuentran combinados bien y proporcionadamente cunos con otros. Si, entonces, resulta que nuestra alma es una cierta armonÃa, está claro que, cuando nuestro cuerpo sea relajado o tensado desmedidamente por las enfermedades y otros rigores, al punto al alma se le presenta la urgencia de perecer, aunque sea divinÃsima, como es también el caso de las otras armonÃas, las que se crean en los sonidos y en todas las labores de los artesanos, mientras que los despojos del cuerpo de cada uno aún permanecen un largo tiempo, hasta ser quemados o pudrirse.