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- Es un poco extraño lo que dices, dijo Agatón. Llámalo y no lo dejes escapar.
Entonces intervino Aristodemo, diciendo: -De ninguna manera. Déjenlo quieto, pues esto es una de sus costumbres. A veces se aparta y se queda plantado dondequiera que se encuentre. Vendrá enseguida, supongo. No le molesten y déjenle tranquilo.
- Pues asà debe hacerse, si te parece. Pero a nosotros, a los demás, que nos sirvan la comida, esclavos. Pongan libremente sobre la mesa lo que quieran, puesto que nadie los estará vigilando, lo cual jamás hasta hoy he hecho. AsÃ, pues, imaginen ahora que yo y los demás, aquà presentes, hemos sido invitados a comer por ustedes y que se nos trate con cuidado, a fin de que podamos elogiarlos.
[9]
Después de esto, dijo Aristodemo, se pusieron a comer, pero Sócrates no entraba. Agatón ordenó en repetidas ocasiones ir a buscarlo, pero Aristodemo no lo consentÃa. Finalmente, llegó Sócrates sin que, en contra de su costumbre, hubiera transcurrido mucho tiempo, sino, más o menos, cuando estaban en mitad de la comida.
Entonces Agatón, que estaba reclinado solo en el último extremo, según me contó Aristodemo, dijo: -AquÃ, Sócrates, échate junto a mÃ, para que también yo en contacto contigo goce de esa sabia idea que se te presentó en el portal. Pues es evidente que la encontraste y la tienes, ya que, de otro modo, no te hubieras retirado antes.
Sócrates se sentó y dijo:-EstarÃa bien, Agatón, que la sabidurÃa fuera una cosa de tal naturaleza que, al ponernos en contacto unos con otros, fluyera de lo más lleno a lo más vacÃo de nosotros, como fluye el agua en las copas, a través de un hilo de lana, de la más llena a la más vacÃa.
Pues si la sabidurÃa se comporta también asÃ, valoro muy alto el estar reclinado junto a ti, porque pienso que me llenarÃa de tu mucha y hermosa sabidurÃa. La mÃa, seguramente, es mediocre, incluso ilusoria como un sueño, mientras que la tuya es brillante y capaz de mucho crecimiento, dado que desde tu juventud ha resplandecido con tanto fulgor y se ha puesto de manifiesto anteayer en presencia de más de treinta mil griegos como testigos.
[10]
- Eres un exagerado, Sócrates, contestó Agatón. Mas este litigio sobre la sabidurÃa lo resolveremos tú y yo un poco más tarde, y Dioniso
[11] será nuestro juez. Ahora, en cambio, presta atención primero a la comida.
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