Eutidemo
Eutidemo —Luego debemos creer que nuestros padres, nuestros tutores, nuestros amigos, todos los que bien nos quieren y hasta los que aspiran a ser nuestros amantes, extranjeros o conciudadanos, no pueden hacernos un presente más precioso que la sabidurÃa, la que es preciso obtener de ellos a fuerza de súplicas y de instancias, y que no es vergonzoso comprar un bien tan grande por medio de toda clase de servicios y de complacencias decorosas para con un amante o cualquier otro; ¿No es éste tu parecer?
—Sà —dijo—, creo que tienes razón.
—Ya solo resta examinar si la sabidurÃa puede enseñarse o si es un don del azar, porque tú y yo no hemos fijado aún este punto.
—En mi concepto, Sócrates —dijo él—, creo que la sabidurÃa puede enseñarse.
—¡Oh tú, el más excelente de los hombres! —exclamé yo entusiasmado—; puesto que me das ya resuelta una dificultad, que me hubiera ocupado mucho, sobre si la sabidurÃa puede o no enseñarse; pero una vez que me aseguras que puede enseñarse y que es la única cosa que puede hacer a los hombres dichosos, ¿no opinas que es preciso entregarse enteramente a su indagación? ¿Y tú mismo no tienes intención de aplicarte a ella?
—Sà —dijo—, lo haré hasta donde alcancen mis fuerzas.
Satisfecho de esta respuesta, yo continué: