Eutidemo
Eutidemo —¡Por Zeus! —exclamé yo—; ¿qué es lo que decÃs? ¡Ah!, ¿cómo habéis llegado a hacer tan feliz descubrimiento? Yo creÃa que solo sobresalÃais en el arte militar, como manifesté antes, y solo en este concepto os alabé; porque me acuerdo que cuando vinisteis aquà la primera vez, os preciabais de poseer solo esta ciencia; pero si poseéis además la de enseñar la virtud a los hombres, estadme propicios, yo os saludo como a dioses, y os pido que me perdonéis el haber hablado de vosotros en los términos en que lo hice antes. Pero tened cuidado, Eutidemo y tú, Dionisodoro, de no engañarnos, y no os extrañéis que la magnitud de vuestras promesas me hagan un poco incrédulo.
—Nada hemos dicho que no sea cierto, y tenlo asà entendido, Sócrates —respondieron ellos.
—Os tengo por más felices que el gran Rey con todo su reino; pero decidme: ¿es vuestro designio el enseñar esta ciencia o tenéis otro propósito?
—Nosotros no hemos venido aquà sino para enseñarla a los que quieran aprenderla.
—Si es asÃ, todos los que la ignoran querrán conocerla, y yo en este punto os respondo por mà el primero, después por Clinias y Ctesipo, y, por último, por todos estos jóvenes que veis en torno vuestro; y entonces les mostré los amantes de Clinias que ya nos habÃan rodeado.