Gorgias
Gorgias Es preciso entonces, o refutar lo que acabo de decir, y probar que no es uno dichoso por la posesión de la justicia y de la templanza, y desgraciado por el vicio; o si este razonamiento es verdadero, es preciso examinar lo que de él resulta. Y lo que resulta, Calicles, es todo lo que dije antes, que fue sobre lo que me preguntaste si hablaba seriamente, cuando senté que era preciso, en caso de injusticia, acusarse a sà mismo, acusar a su hijo, a su amigo y servirse de la Retórica a este fin. Y lo que tú has creÃdo que Pólux me habÃa concedido por pura complacencia, era verdad, a saber: que, asà como es más feo, asà es también más malo hacer una injusticia que recibirla. No es menos cierto que para ser un buen orador es preciso ser justo y estar versado en la ciencia de las cosas justas, que es lo que Pólux dijo también que Gorgias me habÃa concedido por pura complacencia. Siendo esto asÃ, examinemos algún tanto las objeciones que tú me haces, y si tienes o no razón para decirme que no estoy yo en situación de defenderme a mà mismo ni a ninguno de mis amigos o parientes, y librarme de los mayores peligros; que estoy, como los hombres declarados infames, a merced del primero que llegue y quiera abofetearme (este era tu lenguaje), o arrancarme mis bienes, o desterrarme de la ciudad, o, en fin, hacerme morir; y que no es posible cosa más fea que encontrarse en semejante situación. Tal era tu opinión. He aquà la mÃa, que he manifestado ya más de una vez, pero que no hay inconveniente en repetirla. Sostengo, Calicles, que no es lo más feo el verse uno injustamente abofeteado, o mutilado el cuerpo, o cercenados los bienes, sino que es mucho más feo y más malo que me abofeteen y me arranquen injustamente lo que me pertenece; porque robarme, apoderarse de mi persona, allanar mi morada, en una palabra, cometer cualquiera especie de injusticia contra mà o contra lo que es mio, es una cosa más mala y más fea para el autor de la injusticia, que para mà que la sufro. Estas verdades que, a mi parecer, han sido demostradas en todo el curso de esta polémica, están, a mi juicio, atadas y ligadas entre sÃ, valiéndome de una expresión un poco grosera quizá, con razones de hierro y diamante. Si no conseguÃs romperlas, tú o otro más vigoroso que tú, no es posible hablar sensatamente sobre estos objetos, si se habla de otra manera que como yo lo hago. Porque repito lo que he dicho siempre en esta materia, a saber: que no tengo certidumbre de que lo que digo sea verdadero; pero de todos cuantos han conversado conmigo, en la forma que los dos acabamos de hacerlo, ninguno de ellos ha podido evitar ponerse en ridÃculo desde, el momento en que ha intentado sostener una opinión contraria a la mÃa. Por lo tanto, supongo que mi opinión es la verdadera; y si lo es, y la injusticia es el mayor de todos los males para el que la comete; y si por grande que sea este mal, hay otro más grande aún, si es posible, que es el no ser castigado por las injusticias cometidas; ¿qué clase de auxilio es él que no puede uno considerarse incapaz de procurarse a sà mismo sin caer en el ridÃculo? ¿No es el auxilio, cuyo efecto es separar de nosotros el mayor de los daños? SÃ, y lo más feo, incontestablemente, es el no poder proporcionar este auxilio a sà mismo, ni a sus amigos, ni a sus parientes. Es preciso poner en segundo lugar, en razón de fealdad, la impotencia de evitar el segundo mal; en tercero, la impotencia de evitar el tercero, y asà sucesivamente, en proporción con la magnitud del mal. Todo lo que tiene de bello poder evitar cada uno de estos males, lo tiene de feo el no poder hacerlo. ¿Es esto asÃ, como yo digo, Calicles, o es de otra manera?