Gorgias
Gorgias He aquà precisamente la conducta que tú observas al presente, Calicles. Exaltas a hombres que han hecho buenos servicios a los atenienses, prestándose a todo lo que deseaban. Han engrandecido el Estado, dicen los atenienses; pero no echan de ver que este engrandecimiento no es más que una hinchazón, un tumor lleno de corrupción, y que esto es todo lo que han hecho los polÃticos antiguos con haber llenado la ciudad de puertos, de arsenales, de murallas, de tributos y otras necesidades semejantes, sin unir a esto la templanza y la justicia. Cuando se descubra la enfermedad, la tomarán con aquellos que en aquel momento se pongan a darles consejos, y no tendrán más que elogios que prodigar a TemÃstocles, Cimón y Pericles, que son los verdaderos autores de sus males. Quizá la tomarán contigo si no te precaves, y con mi amigo AlcibÃades, cuando, además de lo adquirido, hayan perdido lo que poseÃan en otro tiempo, no siendo vosotros los primeros autores, aunque quizá sà los cómplices de su ruina. Por lo demás, veo que hoy dÃa pasa una cosa completamente irracional, y entiendo que lo mismo debe decirse de los hombres que nos han precedido. Observo, en efecto, que cuando el pueblo castiga a alguno de los que se mezclan en los negocios públicos como culpable de malversación, se sublevan y se quejan amargamente los castigados de los malos tratamientos que reciben, después de los servicios sin número que han hecho al Estado. ¿Y es tan injusto como suponen que el pueblo les haga perecer? No, nada más falso. Jamás puede ser oprimido injustamente un hombre, que se halla a la cabeza del Estado, por el Estado mismo que gobierna. Con los que se dan por polÃticos, sucede lo que con los sofistas. Los sofistas, hábiles por otra parte, observan hasta cierto punto una conducta desprovista de buen sentido. Al mismo tiempo que hacen profesión de enseñar la virtud, acusan muchas veces a sus discÃpulos de que son culpables para con ellos de injusticia, en cuanto les defraudan el dinero que se les debe, y no muestran por otra parte para con ellos ninguna clase de reconocimiento después de los beneficios que de ellos han recibido. ¿Y hay nada más inconsecuente que semejante razonamiento? ¿No juzgas tú mismo, mi querido amigo, que es absurdo decir, que hombres que se han hecho buenos y justos, gracias a los cuidados de sus maestros, que han hecho que en sus almas remplazara la justicia a la injusticia, obren injustamente a causa de un vicio que no existe ya en ellos? Me has comprometido, Calicles, a pronunciar un discurso en forma de arenga por negarte a contestarme.