Gorgias

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Me parece, Calicles, que lo mismo sucede respecto del alma, y que cuando se ve despojada de su cuerpo, lleva las señales evidentes de su carácter y de las diversas afecciones que cada uno ha experimentado en su alma, como resultado del género de vida que ha abrazado. Así, después que se presentan delante de su juez, como los de Asia delante de Radamanto, éste, haciéndoles aproximar, examina el alma de cada uno sin saber a quién pertenece. Muchas veces, teniendo entre manos al gran rey o algún otro soberano o potentado, descubre que no hay nada sano en su alma, sino que los perjurios y las injusticias la han en cierta manera azotado y cubierto de cicatrices, grabando cada hecho de estos un sello sobre su alma; que los torcidos rodeos de la mentira y de la vanidad aparecen allí trazados, y que nada recto se encuentra en ella, porque se ha educado muy lejos de la verdad. Ve que un poder sin límites, una vida muelle y licenciosa, una conducta desarreglada, han llenado esta alma de desorden y de infamia. Tan pronto como haya visto todo esto, le enviará a una vergonzosa prisión, donde, apenas llegue, recibirá el condigno castigo. Cuando uno sufre una pena, y es castigado por otro con justo motivo, sucede que el castigado, o se hace mejor y se convierte el castigo en provecho propio, o sirve de ejemplo a los demás, a fin de que, siendo testigos de los tormentos que sufre, teman otro tanto por sí mismos y procuren enmendarse. Los que sacan provecho de los castigos que sufren de parte de los hombres y de los dioses, son aquellos cuyas faltas admiten expiación naturalmente; pero esta enmienda no se verifica en ellos, sea en la tierra, sea en los infiernos, sino por medio de dolores y sufrimientos, porque no es posible purgarse de otra manera de la injusticia. En cuanto a los que han cometido los más grandes crímenes y que por esta razón son incurables, sirven de ejemplo a todos los demás. Su castigo no es para ellos mismos de ninguna utilidad, porque son incapaces de curación; es útil a los demás, que ven los muy grandes, dolorosos y terribles tormentos, que sufren para siempre por sus faltas, estando en cierta manera como arrestados en la mansión de los infiernos, como un ejemplo que sirve a la vez de espectáculo y de instrucción a todos los malos que llegan allí incesantemente. Yo sostengo que Arquelao será de este número, si lo que Pólux ha dicho de él es cierto, y lo mismo sucederá con cualquier otro tirano que se le parezca. Y creo también que la mayor parte de los que son así presentados en espectáculo como incorregibles, son tiranos, reyes, potentados, hombres de Estado. Porque estos son los que, a la sombra del poder de que están revestidos, cometen las acciones más injustas y más impías. Homero me sirve de testigo[19].


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