Gorgias
Gorgias SÓCRATES. —Reprimir, Pólux, ese afán de hacer largos discursos, como estuviste a punto de hacer al principio de esta conversación.
PÓLUX. —¡Pero qué! ¿Es cosa que no podré hablar todo el tiempo que quiera?
SÓCRATES. —SerÃa portarse muy mal contigo, querido mÃo, si habiendo venido a Atenas, punto de la Grecia donde hay más libertad de hablar, fueras tú el único, a quien se le privase de este derecho. Pero ponte en mi lugar. Si tú discurres anchamente y rehúsas responder con precisión a lo que se te propone, ¿no tendré yo motivo, a mi vez, para quejarme, si no me fuese permitido marcharme y dejar de escucharte? Por lo tanto, si te interesas en la disputa precedente y quieres en ella hacer rectificaciones, toca de nuevo, como te he dicho, el punto que te agrade, interrogando y respondiendo a tu vez, como hemos hecho Gorgias y yo, combatiendo mis razones y permitiéndome combatir las tuyas. Sin duda tú te supones sabedor de las mismas cosas que Gorgias; ¿no es asÃ?
PÓLUX. —SÃ.
SÓCRATES. —¿Por consiguiente te entregas a cualquiera que desea interrogarte sobre un objeto, sea el que sea, y estás dispuesto a satisfacerle?
PÓLUX. —Seguramente.
SÓCRATES. —Pues bien; escoge de las dos cosas la que más te agrade; interrogar o responder.