Gorgias
Gorgias SÓCRATES. —Mi querido amigo, fÃjate en lo que te voy a decir. Si cuando la plaza pública está llena de gente, y teniendo yo un puñal oculto bajo el brazo, te dijese: ¡Me encuentro, en este momento, Pólux, revestido de un poder maravilloso e igual al de un tirano; de todos estos hombres que tú ves, el que yo juzgue que debe morir, morirá en el acto; si me parece que debo romper la cabeza a alguno, se la romperé sobre la marcha; si quiero despedazar sus trajes, serán despedazados; tan grande es el poder que tengo en esta ciudad! Si rehusases creerme, y te enseñase yo mi puñal, quizá dirÃas al verlo: Sócrates, por ese medio no hay nadie que no tenga un gran poder. En igual forma podrÃas quemar la casa de quien te viniera en mientes; poner fuego a los arsenales de los atenienses, a sus galeras y a todos los buques pertenecientes al público y a los particulares. Pero lo grande del poder no consiste precisamente en hacer lo que se considera oportuno. ¿Lo crees asÃ?
PÓLUX. —No, seguramente, de la manera que acabas de exponer.
SÓCRATES. —¿Me darás la razón que tienes para desechar semejante poder?
PÓLUX. —SÃ.
SÓCRATES. —Dilo, pues.
PÓLUX. —Porque inevitablemente el que usara de él, serÃa castigado.
SÓCRATES. —¿Ser castigado no es un mal?