Gorgias
Gorgias SÓCRATES. —Yo se lo agradecerÃa a ese niño, y no te estaré menos obligado, si me refutas y me libras de mis extravagancias. No te detengas en hostigar a un hombre, que sabes que te ama; por favor, demuéstrame que no tengo razón.
PÓLUX. —No hay necesidad, Sócrates, de recurrir para esto a sucesos antiguos. Lo que ha pasado ayer y antes de ayer basta para confundirte, y para demostrar que muchos hombres culpables de injusticia, son dichosos.
SÓCRATES. —¿Cuáles son esos sucesos?
PÓLUX. —Ya ves a Arquelao, hijo de Pérdicas, rey de Macedonia.
SÓCRATES. —Si no lo veo, por lo menos oigo hablar de él.
PÓLUX. —¿Y qué te parece?, ¿es dichoso o desgraciado?
SÓCRATES. —Yo no sé de esto nada, Pólux; no he tenido con él ninguna conversación.
PÓLUX. —¡Pero qué! ¿No puedes saber lo que es, sin haber conversado con él; y no puedes conocer por otro medio y desde aquà mismo, si es dichoso?
SÓCRATES. —No, ciertamente.
PÓLUX. —Evidentemente, Sócrates, dirás que ignoras de igual modo si el gran rey es dichoso.
SÓCRATES. —Y diré la verdad; porque ignoro el estado de su alma con relación a la ciencia y a la justicia.