Gorgias
Gorgias SÓCRATES. —Si los hombres, Calicles, estuviesen todos sujetos a las mismas pasiones, éstos de una manera, aquellos de otra, pero teniendo cada uno de nosotros su pasión particular, diferente de la de los demás, no serÃa fácil hacer conocer a otro lo que uno mismo experimenta. Digo esto, pensando en que tú y yo nos vemos en este momento afectados de la misma manera, y que ambos amamos dos cosas: yo a AlcibÃades, hijo de Clinias, y a la filosofÃa; tú al pueblo de Atenas y al hijo de Pirilampo. Observo todos los dÃas que por más elocuente que seas, cualidad que yo te reconozco, cuando los objetos de tu amor son de otro dictamen que tú, cualquiera que sea su manera de pensar, no tienes fuerza para contradecirles, y que a placer suyo pasas de lo blanco a lo negro. En efecto, cuando hablas a los atenienses reunidos, si sostienen que las cosas no son como tú dices, mudas en el momento de opinión para conformarte con lo que dicen. Lo mismo te sucede con respecto al precioso joven, al hijo de Pirilampo. No puedes resistir ni a sus deseos ni a sus discursos, de suerte que si alguno, testigo del lenguaje que empleas ordinariamente para complacerle, se sorprendiese y le encontrase absurdo, tú le responderÃas, si querÃas decir la verdad, que mientras el objeto de tus amores y el pueblo no muden de opinión, tú no dejarÃas de hablar como hablas. Pues bien, figúrate que la misma respuesta debes esperar de mÃ, y en lugar de asombrarte de mis discursos, lo que debes hacer es comprometer a la filosofÃa, que son mis amores, a que no me inspire eso mismo. Porque ella es, mi querido amigo, la que dice lo que me has oÃdo, y es mucho menos atolondrada que el otro objeto de mis amores. El hijo de Clinias habla tan pronto de una manera como de otra; pero la filosofÃa usa siempre el mismo lenguaje. Lo que te parece en este momento tan extraño, procede de ella; y tú has oÃdo sus razonamientos. Por lo tanto, o refuta lo que decÃa ella antes por mi boca, o prueba que cometer injusticias y vivir en la impunidad, después de haberlas cometido, no es el colmo de todos los males; o si dejas subsistir ésta verdad en toda su fuerza, te juro por el Can[6], dios de los egipcios, que Calicles no se pondrá de acuerdo consigo mismo, y pasará su vida en una contradicción perpetua. Sin embargo, me tendrÃa mucha más cuenta, a mi parecer, que la lira de que haya de servirme esté mal construida y poco de acuerdo consigo misma; que el coro de que haya de valerme esté desentonado; y que la mayor parte de los hombres, en vez de pensar como yo, pensasen lo contrario; que no el estar en desacuerdo conmigo mismo, y obligado a contradecirme.