La República
La República —A la pena —repuse— que merecen los ignorantes, es decir, a aprender de los que son más entendidos que ellos. Me someto con gusto a esta pena.
—En verdad que eres complaciente —dijo—. Pero además de la pena de aprender, me darás dinero.
—SÃ, cuando lo tenga —dije.
—Nosotros lo tenemos —dijo Glaucón—. Si es el dinero lo que te detiene, habla, TrasÃmaco; todos nosotros pagaremos por Sócrates.
—Conozco vuestra intención —dijo él—. Queréis que Sócrates, según su costumbre, en lugar de responder, me interrogue y me haga caer en contradicciones.
—Pero de buena fe —dije yo—, ¿qué respuesta quieres que te dé quien, en primer lugar, no sabe ninguna ni la oculta? En segundo, un hombre nada despreciable ha prohibido todas las respuestas que podÃan darle. A ti te toca más bien decir lo que es la justicia, puesto que te alabas de saberlo. Y asÃ, no te hagas rogar. Responde por amor a mà y no hagas desear a Glaucón y a todos los que están aquà la instrucción que de ti esperan.
XII. En el momento de decir yo esto, Glaucón y todos los presentes le conjuraron para que se explicara. Sin embargo, TrasÃmaco se hacÃa el desdeñoso, aunque se conocÃa bien que ardÃa en deseos de hablar para conquistarse aplausos; porque estaba persuadido de que responderÃa cosas maravillosas. Al fin accedio.