La República
La República Lo confesó, aunque con dificultad.
—Por consiguiente, TrasÃmaco —dije yo—, todo hombre que gobierna, considerado como tal, y cualquiera que sea la naturaleza de su autoridad, jamás examina ni ordena lo conveniente para él sino para el gobernado y sujeto a su arte. A este punto es al que se dirige, y para procurarle lo que le es conveniente y ventajoso dice todo lo que dice y hace todo lo que hace.
XVI. Llegados aquÃ, y viendo todos los presentes claramente que la definición de la justicia era diametralmente opuesta a la de TrasÃmaco, éste, en lugar de responder, exclamó:
—Dime, Sócrates, ¿tienes nodriza?
—¿A qué viene eso? —dije yo—. ¿No serÃa mejor que respondieras en vez de hacer semejantes preguntas?
—Lo digo —replicó— porque te deja mocoso y sin haberte sonado. Tienes verdaderamente necesidad de ello, cuando no sabes siquiera lo que son ovejas y lo que es un pastor.
—¿Por qué razón? —dije yo.