La República
La República —Pues bien —exclamó—, quiero ver si te adhieres a mi opinión. Escúchame. Me parece que TrasÃmaco, a manera de la serpiente que se deja fascinar, se ha rendido demasiado pronto al encanto de tus discursos.[1] Yo no he podido darme por satisfecho con lo que se ha dicho en pro y en contra de cada una de las dos cosas. Quiero saber cuál es su naturaleza, y qué efecto producen ambas inmediatamente en el alma, sin tener en cuenta ni las recompensas que llevan consigo ni tampoco ninguno de sus resultados, buenos o malos. He aquÃ, pues, lo que me propongo hacer, si no lo llevas a mal. Tomaré de nuevo la objeción de TrasÃmaco. Diré por lo pronto lo que es la justicia, según la opinión común, y en dónde tiene su origen. En seguida haré ver que todos los que la practican no la miran como un bien, sino que se someten a ella como a una necesidad. Y, por último, demostraré que tienen razón de obrar asÃ, porque la vida del injusto es infinitamente mejor que la del justo, a lo que se dice; porque yo, Sócrates, aún estoy indeciso sobre este punto, pues tan atronados tengo los oÃdos con discursos semejantes al de TrasÃmaco que no sé a qué atenerme. Por otra parte, no he encontrado a ninguno que me pruebe, como desearÃa, que la justicia es preferible a la injusticia. Deseo oÃr a alguien que la alabe en sà misma y por sà misma, y es de ti de quien principalmente espero este elogio; y por esta razón voy a extenderme sobre las ventajas de la vida injusta. Asà te indicaré el modo en que yo deseo oÃrte atacar la injusticia y alabar la justicia. Mira si son de tu agrado estas condiciones.