La República
La República —Si asà fuese, todo el mérito de un artesano estarÃa en los instrumentos de su arte —dijo.
XV.—Por consiguiente —dije yo—, cuanto más importante es el cargo de estos guardianes del Estado, tanto más han de estar exentos de otras actividades y dedicarse a la suya con competencia y celo.
—Lo creo asà —dijo.
—¿Pero no se necesita disposición natural para desempeñar semejante cargo?
—¿Cómo no?
—A nosotros, pues, nos corresponde escoger, si podemos, entre los diferentes caracteres, los que son más propios para la guardia del Estado.
—Esta elección es de nuestra incumbencia, en efecto.
—¡DifÃcil cosa es, por Zeus! —dije—; sin embargo, no hay que desanimarse; caminemos hasta donde nuestras fuerzas lo permitan.
—Es preciso no desalentarse —dijo.
—¿Encuentras que hay diferencia entre las cualidades de guardián de un joven noble y las de un perro de raza?
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que ambos deben tener un sentido fino para descubrir al enemigo, actividad para perseguirle y fuerza para pelear después de haberle alcanzado.
—Es cierto —asintió—, todo ello es necesario.