La República
La República —La cosa es, por lo tanto, posible —dije yo—; cuando queremos un guardián de este carácter, no exigimos, pues, nada que sea contra naturaleza.
—No parece.
XVI.—¿No crees que le falta aún algo más a nuestro guardián, y que además de fogoso conviene que sea naturalmente filósofo?
—¿Cómo? No te entiendo —dijo.
—Es fácil observar también este instinto en el perro, y en este concepto es muy digno de nuestra admiración —dije.
—¿Qué instinto?
—Que ladra a los que no conoce, aunque no haya recibido de ellos ningún mal, y halaga a los que conoce, aunque no le hayan hecho ningún bien; ¿no has admirado este instinto en el perro?
—No he fijado hasta ahora mi atención en este punto —dijo—, pero lo que dices es exacto.
—Sin embargo, esto prueba en el perro un natural feliz y verdaderamente filosófico.
—¿En qué?
—En que no distingue al amigo del enemigo —dije—, sino porque conoce al uno y no conoce al otro; y no teniendo otra regla para discernir el amigo del enemigo, ¿cómo no ha de estar ansioso de aprender?
—No puede ser de otra manera —respondio.