La República
La República —Asà ha de ser.
XVII.—¿Qué educación, pues, conviene darles? ¿No será difÃcil darles otra mejor que la practicada entre nosotros tradicionalmente, y que consiste en formar el cuerpo mediante la gimnasia y el alma mediante la música?
—En efecto.
—¿Comenzaremos su educación por la música más bien que por la gimnasia?
—Sin duda.
—Los discursos, a tu parecer —pregunté—, ¿son una parte de la música?
—SÃ, por cierto.
—Y los hay de dos clases, unos verdaderos, otros falsos.
—SÃ.
—¿Entrarán unos y otros igualmente en nuestro plan de educación, comenzando por los discursos falsos?
—No comprendo tu pensamiento —dijo.
—¿No sabes —dije yo— que lo primero que se hace con los niños es contarles fábulas, y que aun cuando se encuentre en ellas a veces algo de verdadero, no son ordinariamente más que un tejido de falsedades? Asà intervienen las fábulas en la educación de los niños antes que los gimnasios.
—Es cierto.