La República
La República ¡Desgraciado de mÃ! He aquà el momento en que Sarpedón, el mortal que más quiero,
va por la voluntad del destino a perecer en manos de Patroclo el MenecÃada.[13]
III. Porque, mi querido Adimanto, si nuestros jóvenes toman en serio esta clase de historias, y si no se burlan de todas estas debilidades, como indignas de los dioses, les será difÃcil creerlas indignas de sà mismos; puesto que de todas maneras no son más que hombres, no se avergonzarán de tales acciones y discursos, y a la menor desgracia que les suceda, se abandonarán cobardemente a los gemidos y a las lágrimas, sin vergüenza ni entereza.
—Nada más cierto que lo que dices —asintió.
—Acabamos de ver que no debe ser asÃ, y debemos atenernos a las razones expuestas mientras no se nos presenten otras mejores.
—Sin duda, no debe ocurrir.
—Pero tampoco será conveniente que se sientan inclinados a la hilaridad. Una risa excesiva da lugar casi siempre a una alteración también violenta.
—Lo creo asà —dijo.
—Luego no debemos consentir que se nos represente a los hombres grandes, y menos aún a los dioses, dominados por una risa que no puedan contener.
—Mucho menos —dijo.
—Y no aceptaremos a Homero cosas como ésta: