La República
La República —Conjuremos una vez más a Homero y a los demás poetas para que no nos representen a Aquiles, el hijo de una diosa,
Tan pronto echado sobre el costado, tan pronto
boca arriba o boca abajo sobre la tierra,
tan pronto errante, presa del dolor, sobre la ribera del mar estéril,[8]
ni
Tomando el polvo negruzco con dos manos, y cubriéndose con él la cabeza,[9]
o llorando y gimiendo; ni a PrÃamo, rey casi igual a los dioses, suplicando y
Revolcándose por el estiércol,
y llamando uno tras otro a cada uno por su nombre.[10]
También les suplicamos que no nos representen a los dioses llorando y exclamando:
¡Ay de mÃ! ¡Cuán lamentable es mi suerte, madre desgraciada de un héroe!.[11]
Y si no respetan a los demás dioses, que no tengan al menos el atrevimiento de poner en la boca del más grande de ellos estas palabras:
¡Ay de mÃ! Veo con sentimiento a un mortal que me es querido, huyendo alrededor de las murallas;
mi corazón está turbado.[12]
Y en otro pasaje: