La República
La República —Es una consecuencia necesaria —convino— de lo que acabamos de decir.
—Veamos antes si la razón autoriza o no esta supresión —segu×. ¿No admitimos que el hombre de bien no mirará como un mal la muerte de un amigo semejante a él?
—Es cierto, lo admitimos.
—No llorará, por consiguiente, por él, como si le hubiera sucedido una desgracia.
—No, ciertamente.
—Digamos igualmente que ese hombre se basta a sà mismo para vivir bien, y que tiene sobre los demás hombres la ventaja de no necesitar de nadie para ser dichoso.
—Nada más cierto —dijo.
—Luego no será para él una desgracia perder un hijo, un hermano, riquezas o cualquier otro bien de esta naturaleza. Cuando esto le suceda, no se lamentará, sino que lo soportará con toda la paciencia posible.
—Sin duda.
—Luego con razón suprimimos en los hombres ilustres las lamentaciones, y las reservamos a las mujeres, y no a las más dignas entre ellas, asà como a los hombres viles; puesto que queremos que los que destinamos para guardar nuestro paÃs se avergüencen de semejantes debilidades.
—En esto obramos perfectamente —dijo.