La República
La República —Luego, si uno de estos hombres, hábiles en el arte de imitarlo todo y de adoptar mil formas diferentes, viniese a nuestra ciudad para exhibir su arte y sus obras, nosotros le rendirÃamos homenaje como a un hombre divino, maravilloso y arrebatador; pero le dirÃamos que nuestro Estado no puede poseer un hombre de su condición y que no nos era posible admitir personas semejantes. Le despedirÃamos después de haber derramado mirra sobre su cabeza y de haberla adornado con Ãnfulas de lana; y nos darÃamos por contentos con tener un poeta y recitador más austero y menos agradable, si bien más útil, que imitara el tono del discurso que conviene al hombre de bien, y siguiera escrupulosamente las fórmulas que hemos prescrito al trazar el plan de la educación de nuestros guerreros.
—Si se nos dejara la elección, preferirÃamos el último sin dudar —dijo.
—Pues bien, me parece, mi querido amigo —continué—, que hemos tratado a fondo esta parte de la música que corresponde a los discursos y a las fábulas, puesto que hemos hablado de lo que hay que decir y de la forma de decirlo.
—Soy de tu parecer yo también —dijo.
X.—Nos resta hablar —prosegu× de esta otra parte de la música que corresponde al canto y a la melodÃa, ¿no?
—SÃ, evidentemente.