La República
La República —¿Ni sostendremos fabricantes de triángulos, de plectros y otros instrumentos de cuerdas numerosas y de muchas armonÃas?
—No lo parece.
—¿Pero consentirÃas en nuestra república a los constructores y tocadores de flauta? ¿No equivale este instrumento a los que tienen el mayor número de cuerdas? Y los que reproducen todos los tonos, ¿son otra cosa que imitaciones de la flauta?
—Lo son, en efecto —dijo.
—AsÃ, no nos quedan más que la lira y la cÃtara para la ciudad —dije— y para los campos la siringa, que usarán los pastores.
—Es evidente, después de lo que acabamos de decir —reconoció.
—Por lo demás, mi querido amigo, no haremos nada extraordinario al dar preferencia a Apolo sobre Marsias, y a los instrumentos inventados por este dios a los del sátiro.
—No, ciertamente, por Zeus —exclamó.
—¡Por el Can![39] —exclamé yo—, ya tenemos reformado, sin apercibirnos de ello, este Estado, que decÃamos que rebosaba en delicias.
—Y lo hemos hecho sabiamente —asintió.