La República
La República —Pero la perfección del ritmo sigue de ordinario a la belleza de las palabras y la arritmia a lo contrario; porque, como dijimos antes al hablar de lo armónico y lo inarmónico, el ritmo y la armonía están hechos para las palabras, y no las palabras para el ritmo y la armonía.
—Es cierto que uno y otro deben acomodarse al discurso —dijo él.
—Pero el género de la dicción y el discurso mismo, ¿no se siguen del carácter del alma?
—¿Cómo no?
—Y todo lo demás, ¿no sigue también a la expresión?
—Sí.
—Por consiguiente, la belleza de la dicción, la armonía, la gracia y el buen ritmo del discurso son consecuencia de la simplicidad del alma. Y no entiendo por esta palabra la estupidez, como con el fin de suavizar la expresión se llama a la necedad, sino que entiendo el carácter de un alma cuyas costumbres son verdaderamente bellas y buenas.
—Es cierto —dijo.
—Nuestros jóvenes, ¿no deben proponerse, pues, adquirir todas estas cualidades, si quieren cumplir sus deberes?
—Sin duda deben perseguirlas.