La República
La República XVIII.—AsÃ, pues, cuando un hombre, dedicándose por entero a la música, sobre todo a las armonÃas dulces, suaves y lastimeras, la deja insinuarse y deslizarse suavemente en el alma por el canal del oÃdo, y pasa toda su vida cantando y dejándose llevar por la belleza del canto, ¿no es cierto que el primer efecto de la música es dulcificar su valor, lo mismo que el fuego ablanda el hierro, y aflojar esa tirantez que le inutilizaba antes y le hacÃa de difÃcil trato? Pero si continúa entregándose a su hechizo sin contenerse, ese mismo valor desaparece y se derrite poco a poco, cortados, por asà decir, los nervios del alma, y el tal no es ya más que un guerrero pusilánime.[47]
—Tienes razón —asintió.
—Este efecto no tardará en producirse —continué—, si ha recibido de la naturaleza un alma sin fogosidad. Si es fogosa, en cambio, bien pronto su coraje, al debilitarse, se hace inestable; el más pequeño motivo lo irrita o lo calma, y en lugar de ser fogoso se vuelve colérico, irascible, lleno de malhumor.
—Es cierto.
—Pero que el mismo hombre se dedique a la gimnasia, que se ejercite, que coma mucho y que desprecie enteramente la música y la filosofÃa. ¿No le infundirá su buen estado corporal, al pronto, arrogancia y coraje? ¿No se tornará más valiente que antes?
—Sin duda.