La República
La República —Por consiguiente, el que ha llegado a encontrar el debido acuerdo entre gimnástica y música, y las aplica como conviene a su alma, merece mucho más el nombre de músico y posee mejor la ciencia de las armonÃas que aquel que se limita a templar las cuerdas de su instrumento.
—Probablemente, Sócrates —dijo.
—AsÃ, pues, ¿podrá subsistir, mi querido Glaucón, nuestra constitución si el Estado no tiene a su cabeza a un hombre de este carácter que la gobierne?
—Es de absoluta necesidad una persona de tales condiciones.
XIX.—Aquà tienes ya, pues, las pautas de la crianza y la educación que ha de impartirse, porque serÃa inútil que nos extendiéramos ahora en todo lo relativo a la danza, a la caza y a las competiciones ecuestres y gimnásticas. Es evidente que en todos estos puntos es preciso seguir los principios que hemos establecido, y que es fácil prescribir las reglas consiguientes.
—No creo que eso sea dificultoso —dijo.
—¿Qué es lo que ahora tenemos que arreglar? —prosegu×. ¿No es la elección de los que deben gobernar o ser gobernados?
—¿Por qué no?
—Es claro que los ancianos deben ser los gobernantes y los jóvenes los gobernados.
—Sin duda.