La República
La República —En efecto, esos son los que nos convienen —convino.
—Creo que será oportuno seguirles en sus diferentes edades, observar si son constantemente fieles a esta máxima, y si la seducción o la coacción no les ha hecho perder alguna vez de vista y arrojar de sí la obligación de trabajar por el bien público.
—Pero ¿qué entiendes por «arrojar de sí»? —preguntó.
—Voy a explicártelo —contesté—. Las opiniones abandonan nuestro espíritu de dos maneras: o de buen grado, o a pesar nuestro. Renunciamos de buen grado a las opiniones falsas, cuando se nos desengaña, y abandonamos, a pesar nuestro, las que son verdaderas.
—Concibo fácilmente el primer punto; pero no comprendo el segundo —dijo.
—¿Qué? ¿No concibes —proseguí— que los hombres renuncian al bien, a pesar suyo, y renuncian al mal de buen grado? ¿No es un mal separarse de la verdad y un bien el encontrarla? ¿No es encontrarla tener una opinión exacta de cada cosa?
—Tienes razón —dijo—. Concibo ahora que los hombres renuncian a pesar suyo a las opiniones verdaderas.
—Esta desgracia no puede, pues, sucederles sino mediante robo, por encantamiento o por violencia.
—No entiendo tampoco esto muy bien —dijo.