La República
La República —Voy a explicártelo —respond×. No habrÃa cosa más peligrosa ni más vergonzosa para los pastores que el alimentar, para la guarda de sus rebaños, perros cuya intemperancia, hambre o cualquier otro apetito desordenado les arrastrara a dañar a los ganados, y que en lugar de perros, fuesen más bien lobos.
—SerÃa terrible —asintió—. ¿Cómo no?
—Procuremos, pues, a todo trance, que los ministros no hagan lo mismo respecto a sus conciudadanos, tanto más cuanto que tienen en su mano la fuerza, y que en lugar de ser sus defensores y protectores, puedan convertirse en sus dueños y tiranos.
—Es preciso prevenir este desorden —convino.
—Pero ¿no es el modo más seguro de prevenirlo darles una excelente educación?
—Pero ya la han recibido —exclamó.
Entonces dije yo:
—Aún no tenemos plena seguridad, mi querido Glaucón. Lo que hay de cierto es, como antes dijimos, que una buena educación, cualquiera que ella sea, les es necesaria, especialmente en un punto muy importante, que consiste en que tengan dulzura tanto los unos respecto de los otros, como respecto de todos aquellos cuya defensa les está encomendada.
—Tienes razón —dijo.