La República
La República —Mira, pues —dije yo—, si el género de vida y la clase de habitación que les propongo son propios para este objeto. En primer lugar, que ninguno de ellos tenga nada suyo, a no ser lo absolutamente necesario; que no tengan ni casa ni despensa donde no pueda entrar todo el mundo. En cuanto al alimento que necesitan guerreros sobrios y valientes, sus conciudadanos se encargarán de suministrárselo en justa remuneración de sus servicios, y en términos que ni sobre ni falte durante el año. Que coman sentados en mesas comunes, y que vivan juntos como deben vivir los guerreros en el campo. Que se les haga entender que los dioses han puesto en su alma oro y plata divina y, por consiguiente, que no tienen necesidad del oro y de la plata de los hombres; que no les es permitido manchar la posesión de este oro inmortal con la del oro terrestre; que el oro que ellos tienen es puro, mientras que el de los hombres ha sido en todos tiempos origen de muchos crÃmenes. En el Estado serán ellos los únicos, entre los demás ciudadanos, a quienes esté prohibido manejar y hasta tocar el oro y la plata, guardarlos para sÃ, adornar con ellos sus vestidos, beber en copas de estos metales, y éste será el único medio de conservación asà para ellos como para el Estado. Porque desde el momento en que se hicieran propietarios de tierras, de casa y de dinero, de guardianes que eran se convertirÃan en empresarios y labradores, y de defensores del Estado se convertirÃan en sus enemigos y sus tiranos; pasarÃan la vida aborreciéndose mutuamente y armándose lazos unos a otros; entonces los enemigos que más deberÃan temerse serÃan los de dentro, y el Estado y ellos mismos correrÃan rápidamente hacia su ruina. He aquà las razones que nos han obligado a establecer este régimen sobre la habitación y las posesiones de nuestros guerreros. ¿Haremos de esto una ley?