La República
La República II.—Lo que dices me parece muy sensato —convino.
—No sé si este otro razonamiento, que es del mismo género, te parecerá menos exacto —dije yo.
—¿De qué se trata?
—Mira si lo que voy a decir no es lo que corrompe y pierde de ordinario a los artesanos.
—¿Qué es lo que les pierde?
—La opulencia y la pobreza —contesté.
—¿Cómo?
—De la manera siguiente: el alfarero, si se hace rico, ¿se ocupará mucho de su oficio?
—De ningún modo —respondio.
—Se hará, por lo tanto, cada dÃa más holgazán y más negligente.
—Mucho, sin duda.
—Y, por consiguiente, peor alfarero.
—También —dijo—. Mucho peor.
—Por otra parte, si la pobreza le quita los medios de proporcionarse instrumentos y todo lo necesario para su arte, se resentirá su trabajo, y sus hijos y los demás obreros a quienes él enseñe serán menos hábiles.
—¿Cómo no?
—Y asÃ, las riquezas y la pobreza dañan igualmente a las artes y a los que las ejercen.
—Asà parece.