La República
La República —¡Qué! —señalé—, si tuviese la posibilidad de huir y pudiese herir, volviéndose, al que le siguiese más de cerca, y si emplease muchas veces esta estrategia a la luz del sol y en medio de un calor ardiente, ¿le serÃa difÃcil batir a muchos, unos en pos de otros?
—Verdaderamente no tendrÃa nada de extraño —dijo.
—¿No crees tú que los ricos de que hablamos estén más ejercitados en la guerra que en la lucha?
—No creo —contestó.
—Por consiguiente, a lo que parece, nuestros atletas se batirán sin dificultad contra un ejército dos o tres veces más numeroso.
—Estoy conforme —dijo—, porque me parece que tienes razón.
—Y si pidiesen socorro a los habitantes de uno de los dos Estados vecinos, diciéndoles lo que es verdad: nosotros no tenemos necesidad de oro ni de plata, y nos está prohibido tenerlo; venid a nuestro socorro, y os abandonaremos los despojos de nuestros enemigos; ¿crees tú que aquellos a quienes se hiciesen tales ofrecimientos querrÃan más hacer la guerra a perros flacos y robustos, que unirse a ellos contra un ganado gordo y delicado?