La República
La República —Eso es cierto —asent×. Al pronto parece que es un juego y que no hay ningún mal que temer.
—En efecto —señaló—; en un principio no hace más que insinuarse poco a poco y deslizarse suavemente en los hábitos y en las costumbres. Después sigue aumentándose, y se introduce en las relaciones que tienen entre sà los miembros de la sociedad, y desde aquà avanza hasta las leyes y principios de gobierno, que ataca, mi querido Sócrates, con la mayor insolencia; concluyendo por producir la ruina del Estado y de los particulares.
—¿Sucede esto? —pregunté.
—Por lo menos, asà me lo parece —contestó.
—Por consiguiente, y tal como decÃamos, habrá que someter muy en tiempo los juegos de los niños a la más severa disciplina, porque por poco que ésta llegue a relajarse y que nuestros niños se extravÃen en este punto, es imposible que en la edad madura sean virtuosos y sumisos a las leyes.
—¿Cómo no? —dijo.
—Mientras que si los juegos de los niños se someten a regla desde el principio; si el amor al orden entra en su corazón con la música, sucederá al contrario que antes: que aquél los seguirá por doquier y los hará perfeccionarse y enderezará la anterior postración del Estado.
—Es cierto —dijo.