La República
La República —Y ellos mismos restablecerán estas reglas que pasan por minuciosas, y que sus predecesores habrán dejado caer enteramente en desuso —añadÃ.
—¿Cuáles son esas reglas?
—Las siguientes: estar los jóvenes callados delante de los ancianos, levantarse cuando éstos se presentan, cederles siempre el puesto de honor, respetar a los padres, conservar el modo de vestir, de cortarse el pelo y de calzarse, todo lo relativo al cuidado del cuerpo y otras mil cosas semejantes, ¿no te parece?
—Ciertamente.
—SerÃa una locura hacer leyes sobre tales objetos, pues ya se impongan por escrito o a viva voz, no por eso serÃan mejor observadas. Por otra parte, ningún legislador ha descendido nunca a semejantes pormenores.
—¿Cómo iban a ser observadas?
—Parece, pues, mi querido Adimanto —dije yo—, que todas estas prácticas son un resultado natural de la educación, porque lo semejante, ¿no atrae siempre a su semejante?
—¿Qué otra cosa, si no?
—Por consiguiente, al término del proceso surgirá algo pleno y vigoroso, sea bueno o al revés.
—¿Cómo no? —dijo él.
—Por esta razón yo no querrÃa estatuir nada sobre esta clase de cosas —añadÃ.
—Tienes razón —dijo él.