La República
La República —Pero en nombre de los dioses —prosegu×, ¿emprenderemos el formar reglamentos sobre el contrato de compra y venta, los convenios, los tratos sobre la mano de obra, los insultos, las violencias, los procesos, el nombramiento de los jueces, la imposición o supresión de derechos por la entrada o salida de las mercancÃas por mar o tierra y, en una palabra, sobre todo lo relativo al tráfico, a la ciudad y al puerto? ¿Nos atreveremos a legislar sobre ello?
—No es necesario —repuso— prescribir nada sobre eso a los hombres de bien; ellos encontrarán por sà mismos sin dificultad los reglamentos que sean precisos.
—SÃ, mi querido amigo —dije—, si Dios les da el don de conservar en toda su pureza las leyes que nosotros hemos establecido al principio.
—Si no, pasarán su vida redactando cada dÃa nuevos reglamentos sobre todos estos artÃculos, los adicionarán haciendo correcciones sobre correcciones, imaginándose siempre que asà conseguirán la perfección —dijo.
—Es decir, que su conducta —respond× se parecerá a la de aquellos enfermos que por intemperancia no quieren renunciar a un género de vida que altera su salud.
—Justamente.