La República
La República —Eso mismo hacen precisamente —dijo—, y estoy distante de aprobarlo.
—¿No admiras, sin embargo, el valor y la complacencia de los que se avienen y hasta se apresuran a consagrar todos sus cuidados a tales Estados?
—Sà los admiro —dijo—, pero exceptúo a aquellos que, dejándose engañar por la multitud, se imaginan ser grandes polÃticos a causa de los aplausos que les prodigan.
— ¡Qué! ¿No quieres excusarles? —pregunté—. ¿Crees que un hombre que ignora el arte de medir, y a quien la multitud dice que tiene cuatro codos de alto, pueda dejar de creerlo?
—No es posible —dijo.
—No te irrites, pues, contra ellos; son las gentes más divertidas del mundo con sus reglamentos minuciosos, que modifican sin cesar, persuadidos de que remediarán asà los abusos que se infiltran en los contratos y en todos los puntos que he hablado. No pueden imaginarse que realmente no hacen más que cortar las cabezas de la hidra.
—Efectivamente, no hacen otra cosa —dijo.