La República
La República —Por lo tanto —dije—, no creo que, cualquiera que sea el Estado de que se trate, esté bien o mal gobernado, deba un legislador sabio entrar en este pormenor de leyes y de reglamentos; en el uno, porque es inútil y nada se gana con esto; y en el otro, porque están al alcance de cualquiera o se deducen por sà mismos de las formas de vida precedentes.
—¿Qué ley nos corresponde hacer ahora? —preguntó.
—Ninguna —contesté—. Pero demos a Apolo Délfico el cuidado de hacer las legislaciones más grandes, más bellas y más primordiales.
—¿Cuáles son? —preguntó.
—Las relativas a la construcción de templos, a los sacrificios, al culto de los dioses, los genios y los héroes, a las sepulturas de los muertos y a las ceremonias que sirven para aplacar a los del más allá. Nosotros no sabemos cómo se deben arreglar estas cosas, y puesto que fundamos un Estado, no serÃa de razón que acudiésemos a otros hombres, ni consultáramos otro intérprete que el paterno; y el intérprete natural en materia de religión para todos los hombres es este dios, que ha escogido el centro y como el ombligo de la tierra para gobernar desde allà estos asuntos.[3]
—Dices bien; sólo a él debemos acudir —convino.